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Capítulo V

“No es de extrañar que el tiempo pasara desapercibido. Nuestras almas enteras estaban entregadas a esta causa. Varias veces llegamos al pie de la roca; tan pronto como la advertimos, cambiamos de rumbo, pero nunca dejamos de terminar nuestro circuitoso y errante paseo en este mismo lugar. Por fin tu hermano observó: «Parece que nos guía hacia aquí una especie de fatalidad. Ya que estamos tan cerca, subamos y descansemos un rato. Si no estás cansado de esta discusión, la reanudaremos allí»”.

Consentí tácitamente. Subimos las escaleras y, arrastrando el sofá frente al río, nos sentamos en él. Retomé el hilo de nuestra conversación allí donde lo habíamos dejado. Me burlé de su pavor al mar y de su apego al hogar. Continué en ese tono, tan afín a mi carácter, durante un buen rato, sin que él me interrumpiera. A la postre, me dijo: «Supongamos ahora que yo, a quien el argumento no ha convencido, cediera a la burla y accediera a que vuestro plan es viable; ¿qué habréis ganado? Nada. Tenéis que enfrentaros a

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