Ahora se lanzaban frecuentes y ansiosas miradas al reloj. Ni un solo movimiento de la aguja parecía escaparse a su atención. A medida que la hora se acercaba a las doce, su ansiedad aumentaba visiblemente. Las turbaciones de mi madre iban a la par que las de su esposo; pero el miedo la reducía al silencio. Lo único que le quedaba era observar cada cambio en sus facciones y dar salida a su compasión en lágrimas.
Por fin la hora transcurrió y el reloj dio la última campanada.
El sonido pareció transmitir una sacudida a cada parte del cuerpo de mi padre. Se levantó de inmediato y se echó una bata holgada por encima. Incluso esta acción la realizó con dificultad, pues sus extremidades temblaban y sus dientes castañeteaban a causa del pánico.
A esta hora su deber lo llamaba a la roca, y mi madre dedujo naturalmente que era allí a donde se proponía ir. Sin embargo, estos incidentes eran tan inusuales que la llenaron de asombro y malos presagios.
Lo vio salir de la habitación y escuchó sus pasos al bajar apresuradamente las escaleras. Estuvo a punto de levantarse y seguirlo, pero la insensatez del plan se le vino a la cabeza enseguida. Él iba a un lugar a donde ningún poder en la tierra lo habría convencido de permitir que lo acompañara alguien.
La ventana de su aposento daba hacia la roca. La atmósfera era clara y serena, pero a esa distancia el edificio no podía distinguirse a través de la penumbra. La ansiedad de mi madre no le permitía permanecer donde estaba. Se levantó y se sentó junto a la ventana. Forzó la vista para alcanzar a ver la cúpula y el sendero que conducía a ella. La primera se dibujaba con suficiente claridad en su imaginación,