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XXVII

[Escrito tres años después del precedente y fechado en Montpellier.]

Imaginé que había dejado la pluma para siempre; y que iría a establecerme en esta parte del mundo era, de todos los acontecimientos, el menos probable. Creía que mi destino estaba cumplido, y esperaba el pronto fin de mi vida con la más absoluta confianza.

Sin duda tenía motivos para estar cansado de la existencia, para impacientarme con todo lazo que me apartara de la tumba.

Experimenté esta impaciencia en su grado máximo. No solo estaba enamorado de la muerte, sino que creía, por la condición de mi cuerpo, que evitarla era imposible, aun cuando lo hubiera deseado con ardor; sin embargo, heme aquí, a mil leguas de mi suelo natal, en plena posesión de la vida y de la salud, y no desprovisto de felicidad.

Tal es el hombre.

El tiempo borrará las impresiones más profundas. El dolor más vehemente y sin esperanza decaerá gradualmente y se consumirá.

Los argumentos podrán emplearse en vano: toda prescripción moral podrá intentarse sin efecto; las reconvenciones, por más cogentes o patéticas que sean, no tendrán poder sobre la atención, o serán repelidas con desdén; sin embargo, a medida que un día sigue a otro, la turbulencia de nuestras emociones se calmará, y a nuestras fluctuaciones les sucederá finalmente la calma.

Quizás, sin embargo, la conquista de la desesperación se debió principalmente a un accidente que hizo imposible mi permanencia en mi propia casa.

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