por completo cualquier poder que poseyeran para deleitar o instruir. Este volumen había yacido durante años en un rincón de su desván, medio enterrado en polvo y desperdicios. Lo había visto allí tirado; lo había arrojado, según le convenía, de un lugar a otro; pero no había sentido ninguna inclinación a examinar su contenido, ni siquiera a averiguar cuál era el tema de que trataba.
Un domingo por la tarde, habiéndose visto inducido a retirarse por unos minutos a su buhardilla, su atención se vio atraída por una página de este libro que, por algún accidente, había quedado abierta y colocada plenamente a su vista.
Estaba sentado en el borde de su cama y se ocupaba de remendar un desgarrón en alguna parte de su ropa. Sus ojos no se limitaban a su labor, sino que, vagando de vez en cuando, se posaron por fin en la página.
Las palabras «Buscad y hallaréis» fueron las primeras que se ofrecieron a su vista. Su curiosidad se despertó lo suficiente como para incitarle a continuar.
Tan pronto como terminó su trabajo, tomó el libro y pasó a la primera página. Cuanto más leía, más motivos encontraba para continuar, y lamentó la disminución de la luz que le obligaba por el momento a cerrarlo.