Me opuse firmemente a esta petición. Insistí en permanecer cerca de ella hasta que fuera sepultada. Sus amonestaciones, sin embargo, y mis propios sentimientos, me mostraron la conveniencia de un alejamiento temporal. Luisa necesitaba un consuelo, y los hijos de mi hermano, una nodriza. Mi desdichado hermano era en sí mismo un objeto de solicitud y cuidado. Al fin, accedí a ceder el cadáver e irme a la casa de mi hermano, la cual, según dije, necesitaría una dueña, y sus hijos, un progenitor.
Durante este discurso, mi venerable amigo luchó contra sus lágrimas, pero mi última insinuación las hizo brotar con nueva violencia.
Mientras tanto, sus asistentes permanecían alrededor en melancólico silencio, mirándome a mí y mirándose los unos a los otros. Repetí mi resolución y me levanté para ejecutarla; pero él tomó mi mano para retenerme. Su semblante delataba indecisión y reticencia.
Le pedí que expusiera el motivo de su oposición a esta medida. Le imploré que fuera explícito. Le dije que mi hermano acababa de estar allí y que conocía su situación.
Esta desgracia lo había empujado a la locura, y su prole no debía carecer de un protector. Si él lo prefería, le confiaría a Wieland a su cuidado; pero sus inocentes e indefensos bebés necesitaban urgentemente una nodriza y una madre, y bajo ningún concepto permitiría que otros desempeñaran estas funciones mientras tuviera vida.
Cada palabra que pronuncié parecía aumentar su perplejidad y su angustia. Por fin dijo: —Creo, Clara, que me he hecho acreedor a cierta consideración de parte tuya. Has manifestado tu disposición a complacerme. Ahora te pido que me concedas el mayor favor que está en tus manos. Permite que la señora Baynton se encargará de la administración de la casa de tu hermano durante dos o tres días; luego