Cuando a los ciegos se les opera para devolverles la vista, la misma mano bondadosa que les ha abierto el mundo visible, vuelve a cerrarles el brillante panorama de inmediato, por un tiempo.
Se les pasa un vendaje sobre los ojos para que, en la primera fragilidad del sentido recuperado, este no resulte afectado fatalmente por la repentina transición de la oscuridad a la luz.
Pero entre el terrible vacío de la privación total de la visión y el vacío temporal de la visión simplemente velada, existe la más vasta diferencia.
En el momento de su restauración, los ciegos han tenido un solo destello de luz, que les ha brillado con un fulgor avasallador, el cual el velo más espeso y tupido no puede extinguir.
La nueva oscuridad no se parece a la oscura vacuidad de antaño; está llena de cambiantes visiones de colores brillantes y formas siempre variadas, que ascienden, descienden, giran de aquí para allá a cada segundo.
Aun cuando se les pasa el pañuelo por encima, los ojos otrora ciegos, aunque firmemente vendados, ya no están ciegos como antes.
Así sucedió con mi visión mental. Tras el total olvido y la oscuridad de un desmayo profundo, la conciencia centelleó como la luz en mi mente cuando me encontré en presencia de mi padre y en mi propio hogar.
Pero, casi en el mismo momento en que desperté por primera vez al influjo desconcertante de aquella visión, una nueva oscuridad cayó sobre mis facultades—una oscuridad que, esta vez, no era un olvido total; una oscuridad poblada, como la que la venda proyecta sobre los ojos abiertos del ciego.
Tenía sensaciones, tenía pensamientos, tenía visiones, ahora—; pero todas actuaban en la espantosa autocentración del delirio. El transcurso del tiempo, la marcha de los acontecimientos, la alternancia del día y de la noche, las personas que se movían a mi alrededor, las palabras que decían, los favores que me hacían—todo eso quedó anulado desde el momento en que volví a cerrar los ojos, después de haberlos abierto por un instante ante mi padre, en mi propio estudio.
Mi primera sensación (cuánto tiempo después de haberme traído a casa ocurrió, no lo sé) fue la de un calor terrible; un calor constante y abrasador que parecía haber marchitado y consumido todo el pequeño mundo a mi alrededor, y haberme dejado solo para sufrir en él, pero sin llegar jamás a consumirme. Tras esto, sobrevino un laborioso, rápido, incesante e inquieto fluir de pensamientos oscuros, siempre en la misma esfera ensombrecida, siempre en torno al mismo tema impenetrable, siempre incapaces de alcanzar algún resultado lejano e ilusorio. Era como si algo estuviera prisionero en mi mente y se moviera siempre de un lado a otro en ella—moviéndose, pero sin lograr jamás liberarse.
Pronto, estos pensamientos comenzaron a tomar una forma que pude reconocer.
En el calor sofocante y la fiebre furiosa e hirviente, a la que ni la vigilia ni el sueño aportaban un soplo de frescura o un sueño de cambio, comencé a representar nuevamente mi papel en los acontecimientos que habían pasado, pero con un carácter extrañamente alterado. Ahora, en vez de depositar una confianza ciega en los demás, como lo había hecho; en vez de dejar de descubrir un significado y una advertencia en cada circunstancia a medida que surgía, fui suspicaz desde el principio—suspicaz con Margaret, con su padre, con su madre, con Mannion, con los mismísimos sirvientes de la casa. En la espantosa fantasmagoría de mi propia calamidad que ahora contemplaba, mi posición se había invertido. Cada acontecimiento del año maldito de mi prueba revivió. Pero la maldición misma, la escena nocturna de horror por la que había atravesado, se había desvanecido por completo de mi memoria. Este recuerdo perdido era el único empeño interminable de mi mente delirante por recuperar, y nunca volví a alcanzarlo. Quienes no hayan sufrido como sufrí yo entonces, no pueden imaginar con qué ardiente furia de determinación seguía los acontecimientos pasados en mi delirio, uno por uno, durante días y noches enteros—los seguía para llegar al final que sabía que estaba más allá, pero que nunca pude ver, ni siquiera por destellos, ni por un solo momento.
Por mucho que mis visiones alteraran su curso sucesivo, siempre comenzaban con la noche en que Mannion regresó de Europa a North Villa.
Me volví a encontrar en el salón; lo vi entrar; observé la leve confusión de Margaret y al instante dudé de ella.
Noté su poca disposición a encontrarse con su mirada o con la mía; contemplé la siniestra quietud de su rostro y sospeché de él.
A partir de ese momento, el amor se desvaneció y el odio ocupó su lugar.
Comencé a vigilar; a cosechar pequeñas circunstancias que confirmaban mis sospechas; a esperar con astucia el día en que habría de descubrir, juzgar y castigar a ambos—el día de la revelación y la retribución que nunca llegó.
A veces, volvía a estar con Mannion, en su casa, la noche de la tormenta.
Percibí en cada palabra que pronunciaba un señuelo artificioso para atraparme y hacerme confiar en él como en mi segundo padre, más que como en mi amigo.
Oí en la tempestad sonidos que interrumpían misteriosamente, o se mezclaban con, mis respuestas, voces que me advertían sobrenaturalmente de mi enemigo, cada vez que le hablaba.
Volví a ver la horrible sonrisa de triunfo en su rostro, al despedirme de él en el umbral de la puerta: y la vi, esta vez, no como una ilusión producida por un relámpago, sino como una espantosa realidad que el relámpago revelaba.
A veces, me encontraba de nuevo en el jardín de North Villa escuchando por casualidad la conversación entre Margaret y su madre—escuchando qué engaño estaba dispuesta a cometer con tal de conseguir un vestido nuevo—, y luego entraba en la habitación y la veía adoptar su actitud habitual al verme, como si las palabras que acababa de escuchar un instante antes nunca hubieran salido de sus labios. O bien la veía en aquella otra mañana en que, para vengar la muerte de su pájaro, habría matado con sus propias manos al único compañero entrañable que poseía su madre enferma. Ahora, ningún amor generoso y confiado me cegaba ante el verdadero significado de sucesos como estos. Ahora, en vez de considerarlos pequeñas debilidades de la belleza y pequeños errores de la juventud, los veía como avisos oportunos que me ordenaban recordar, cuando llegara el día de mi venganza, que al urdir la iniquidad en la que ambas estaban empeñadas, la mujer había sido tan vil como el hombre.
A veces, me hallaba de nuevo en camino hacia North Villa, tras mi ausencia de una semana en nuestra casa de campo. Volví a ver el cambio en Margaret desde que la había dejado: la palidez, la inquietud, el aspecto de agitación. Tomé la mano de Mannion y me estremecí al sentir su frío mortal, y observé la extraña alteración en sus modales. Cuando justificaron estos cambios diciéndome que ambos habían estado enfermos, de distintas maneras, desde mi partida, descubrí al instante la miserable mentira; supe que se había sacado una ruin ventaja de mi ausencia; que el complot en mi contra avanzaba rápidamente hacia su consumación; y que, a la vista de su víctima, ni siquiera los dos infelices que maquinaban mi deshonra podían reprimir toda manifestación externa de su culpa.
A veces, la figura de la señora Sherwin se me aparecía, pálida y cansada, y luctuosa con una luctuosidad fantasmal.
De nuevo la observaba y la escuchaba; pero ahora con ávida curiosidad, con atención contenida.
Una vez más, la vi estremecerse cuando los fríos ojos de Mannion se volvieron hacia su rostro; registré la mirada ansiosa e implorante que dirigió a Margaret y a mí; oí su respuesta confusa y reacia cuando le pregunté la causa de su aversión hacia el hombre en quien su marido depositaba la más implícita confianza; escuché su mandato abrupto e inexplicable de «velar continuamente por mi esposa y apartar a la mala gente de su lado».
Todas estas diversas circunstancias volvieron a producirse con tanta viveza como en la realidad; pero ya no las interpretaba, como lo había hecho en su día, convenciéndome de que la mente de la señora Sherwin divagaba y de que sus sufrimientos corporales habían afectado a su intelecto.
Comprendí de inmediato que sospechaba de Mannion y no osaba confesar abiertamente sus sospechas; vi que, en la quietud, el abandono y la concentración en sí misma de su vida postergada, ella había estado observando con más vigilancia de lo que otros lo habían hecho; detecté en cada uno de sus despreciados gestos, miradas y palabras vacilantes la misma advertencia velada que siempre yacía bajo la superficie; supe que no habían logrado engañarla; estaba decidido a que no lograran engañarme a mí.
Era con más frecuencia en este punto, que mi memoria inquieta retrocedía ante la impenetrable oscuridad que le prohibía ver más allá—ver hasta la última tarde, hasta la noche fatal.
Era con más frecuencia en este punto, que yo me esforzaba y luchaba por regresar, una y otra vez, para buscar una vez más los acontecimientos perdidos del final, a través de los acontecimientos del principio.
Cuántas veces mis pensamientos errantes trazaron y retrajeron así incesantemente y desesperadamente su camino sobre su propia huella febril, no sabría decirlo: pero llegó un momento en que cesaron repentinamente de atormentarme; en que el pesado fardo que llevaba en la mente cayó; en que una fuerza y un furor repentinos se adueñaron de mí, y me precipité a través de una vasta oscuridad hacia un mundo cuya luz del día era toda llama radiante.
Gigantescos fantasmas se congregaban por millones, brillando blancos como el relámpago en el aire rojizo. Se abalanzaron sobre mí con velocidad de huracán; sus alas me abanicaban con brisas de fuego; y el eco de su música atronadora era como el gemido y el desgarro de un terremoto, mientras me arrastraban con ellos en su curso de torbellino.
¡Huid! A una Ciudad de Palacios, a inconmensurables salones, y arcos, y cúpulas, que se elevan unos sobre otros, hasta que sus cumbres de rubíes destellantes se pierden en el vacíos ardiente, muy por encima. ¡Adelante! A través y a lo largo de estas moles montañosas, hacia innumerables y sin límites corredores, alzados sobre pilares lúgubres yrosáceos como lava fundida. Muy al fondo de los corredores surgen visiones de fantasmas voladores, siempre a la misma distancia ante nosotros—sus voces delirantes resonando como los martillos de mil forjas. Aún más y más adelante; más y más rápido, durante días, años, siglos juntos, hasta que llega, avanzando sigilosa para nuestro encuentro, una sombra—una sombra vasta, furtiva, deslizante—, ¡la primera oscuridad que jamás se ha proyectado sobre ese mundo de luz fulgurante! Se acerca—más y más cerca, suavemente, hasta que toca las primeras filas de nuestra tropa fantasma. Entonces, en un instante, nuestro vertiginoso avance se detiene: la música atronadora de nuestra marcha salvaje cesa; las voces delirantes de los espectros que nos anteceden se apagan; un horror de mudez absoluta nos rodea por completo—y a medida que la sombra avanza sigilosa, hasta que nos envuelve de principio a fin, tiritamos de frío glacial bajo el aire ígneo y en medio de los lúgubres pilares de lava que nos cercan a uno y otro lado.
Un silencio, como ningún silencio conocido jamás en la tierra; un oscurecimiento de la sombra, más negro que la noche más negra en el bosque más espeso—una pausa—; luego, un sonido como de aire pesado que es hendido; y después, la aparición de dos figuras que salían de la sombra—dos monstruos que extendían sus nudosas garras amarillas para apresarnos; dejando a su paso una podredumbre verde, que rezumaba y brillaba con una luz enfermiza. Más allá y a mi alrededor, mientras permanecía en medio de ellos, la tropa fantasmal se desvanecía en masas informes, mientras los monstruos avanzaban. Se acercaron a mí; y yo solo, de entre todos los miríadas que me rodeaban, no cambié ante su aproximación. Cada uno posó una garra en mi hombro—cada uno levantó un velo que era una red espantosa de gusanos entrelazados. Vi a través de la horrenda corrupción de sus rostros la mirada que me decía quiénes eran—las monstruosas iniquidades encarnadas en formas monstruosas; las almas demoníacas hechas visibles en siluetas demoníacas—¡Margaret y Mannion!
¡Un momento más! y me quedé a solas con aquellos dos. Ni un solo rastro de la multitud fantasma quedó; la altísima ciudad, los relucientes pasillos, el fulgor brillante como el fuego se habían desvanecido.
Nos hallábamos en un páramo; un lago quieto y negro de aguas muertas se extendía ante nosotros; una luz blanca, tenue y brumosa nos iluminaba. Extendidos sobre el suelo pestilente yacían los escombros de una casa, arrancada de raíz y derribada hasta sus cimientos.
Las figuras demoníacas, que aún vigilaban a cada lado de mí, me arrastraron lentamente hacia las piedras caídas y señalaron dos cuerpos sin vida que yacían entre ellas.
¡Mi padre!—¡mi hermana!—ambos fríos y quietos, y más blancos que la luz blanca que me los mostraba. Los demonios a mi lado extendieron sus garras corvas y me prohibieron arrodillarme ante mi padre, o besar el pálido rostro de Clara, antes de marchar al tormento. Me dejaron inmóvil en el sitio donde estaba—y volvieron a desvelar sus rostros hidiondos, mofándose de mí en señal de triunfo. Al poco, el lago de aguas negras se agitó, desbordándose y absorbiéndonos en silencio hacia sus profundidades centrales—profundidades que eran infinitas; profundidades de oscuridad sin rayos, en las cuales girábamos lentamente en redondo, cada vez más y más hondo en cada vuelta. Sentí los cuerpos de mi padre y de mi hermana rozándome en un contacto helado: extendí mis brazos para abrazarlos y hundirme con ellos; y la pareja de demonios se deslizó entre nosotros, separándome de ellos. Este vano esfuerzo por unirme a mis deudos muertos cuando nos tocábamos en el lento e infinito remolino, continuaba sin cesar y era siempre frustrado del mismo modo. Aún nos hundíamos separados, por los abismos negros del lago; aún no había luz, ni sonido, ni cambio, ni pausa de reposo—y esto era la eternidad: ¡la eternidad del Infierno!
Tal fue una visión onírica de entre las muchas que vi.
Debió de ser por entonces cuando pusieron a hombres a vigilarme día y noche (según supe después), para retenerme en la cama cuando un acceso de fuerza convulsiva me volvía peligroso para mí mismo y para cuantos me rodeaban.
El período también en que los médicos anunciaron que la fiebre se había apoderado de mi cerebro y estaba venciendo su pericia, debió de ser este mismo período.
Pero aunque daban mi vida por perdida, yo no iba a morir. Llegó un momento, por fin, en que la fiebre devoradora aflojó su presa; y una mañana desperté débilmente a una nueva existencia—a una vida frágil e indefensa como la vida de un recién nacido.
Estaba demasiado débil para moverme, para hablar, para abrir los ojos, para ejercer en el más mínimo grado cualquier facultad, corporal o mental, que poseyera.
El primer sentido de cuyo uso volví a disponer fue el del oído; y el primer sonido que reconocí fue el de un paso ligero que se acercaba misteriosamente, se detenía y luego se retiraba de nuevo con suavidad al otro lado de mi puerta.
Escuchar este sonido fue mi primer placer, y esperar su repetición, mi primera fuente de feliz expectación desde que había enfermado.
Una vez más se acercaron los pasos—se detuvieron un momento—luego parecieron alejarse como antes—después regresaron lentamente. Un susurro muy débil y tembloroso; un murmullo cuyo significado aún no alcanzaba a distinguir, llegó a mis oídos—y tras eso, hubo silencio. Aún esperé (¡oh, qué feliz y calmadamente!) volver a escuchar pronto el murmullo, y captarlo mejor la próxima vez que viniera.
Poco después, por tercera vez, los pasos se acercaron y los acentos susurrados volvieron a sonar. Ahora podía oír que pronunciaban mi nombre —una, dos, tres veces— con mucha suavidad y súplica, como para implorar la respuesta que aún era demasiado débil para dar. Pero conocía la voz: sabía que era la de Clara.
Mucho después de haber cesado, el murmullo persistía suavemente en mi oído, como una nana que alternativamente me arrullaba hacia el sueño y me daba la bienvenida a la vigilia. Parecía vibrar a través de mi cuerpo con una influencia tierna y revitalizante, la misma influencia que tuvo la luz del sol, semanas después, cuando la disfruté por primera vez al aire libre.
El siguiente sonido que llegó a mí fue audible en mi habitación; audible a veces, cerca de mi almohada. Era el sonido más sencillo imaginable—nada más que el suave crujido del vestido de una mujer. Y, sin embargo, escuché en él innumerables armonías, dulces variaciones y pausas minuciosas más allá de toda definición. Solo podía abrir los ojos por un minuto a la vez, e incluso entonces, no podía fijarlos firmemente en nada; pero sabía que el vestido que crujía era el de Clara; y nuevas sensaciones parecían aturdirme, mientras escuchaba el sonido que me indicaba que ella estaba en la habitación. Sentí el suave aire veraniego en mi rostro; disfruté del dulce aroma de las flores, transportado por ese aire; y una vez, cuando dejaron mi puerta abierta por un momento, el trino de los pájaros en el aviario de abajo resonó con exquisita claridad y dulzura en mi oído. Fue así como mis facultades se fortalecieron, hora tras hora, siempre de la misma manera gradual, desde el momento en que escuché por primera vez el paso y el susurro fuera de la puerta de mi alcoba.
Una tarde desperté de un sueño fresco y sin sueños; y, al ver a Clara sentada junto a mi lecho, pronuncie débilmente su nombre y moví mi mano demacrada para tomar la suya.
Al ver el rostro tranquilo y familiar inclinado sobre mí; los ojos ansiosos que miraban con ternura y amor los míos—mientras la última melancólica gloria del atardecer se posaba sobre mi cama y el aire, sumiéndose ya en su reposo crepuscular, entraba suave y cada vez más suave en la habitación—mientras mi hermana me tomaba en sus brazos y, al incorporarme sobre mi fatigada almohada, me pedía por su amor que permaneciera callado y paciente un poco más—el recuerdo de la ruina y la vergüenza que me habían abrumado; el recuerdo de mi amor convertido en infamia; y de la esperanza de mi breve año miserablemente cumplida por una vida de desesperación, se agitaron oscuramente en mi corazón.
Los rayos rojos y huidizos del poniente apenas se detuvieron en ese momento sobre mi rostro. Clara se arrodilló junto a mi almohada y alzó su pañuelo para dar sombra a mis ojos—«Dios te ha devuelto a nosotros, Basil», susurró, «para hacernos más felices que nunca».
Mientras hablaba, los manantiales del dolor durante tanto tiempo reprimido en mi interior se abrieron; lágrimas calientes cayeron pesada y rápidamente de mis ojos; y lloré por primera vez desde la noche de horror que me había postrado donde ahora yacía—¡lloré en los brazos de mi hermana, en aquella hora de la tarde apacible, por el honor perdido, la esperanza perdida y la felicidad perdida que se habían alejado de mí para siempre en mi juventud!