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V. Clara

Mi hermana Clara es cuatro años menor que yo. En la forma del rostro, en el cutis y —excepto por los ojos— en las facciones, guarda un parecido llamativo con mi padre. Sus expresiones, sin embargo, deben de ser muy parecidas a las que tenía mi madre. Cada vez que la he mirado en sus momentos de silencio y meditación, siempre me ha parecido que refresca, e incluso acrecienta, mis vagos recuerdos infantiles de nuestra difunta madre. Sus ojos tienen ese leve matiz de melancolía en su ternura, y esa suavidad peculiar en su reposo, que solo se ve en los ojos azules. Su cutis, tan pálido como el de mi padre cuando no habla ni se mueve, posee en un grado mucho mayor que el de él la tendencia a sonrojarse, no solo en momentos de agitación, sino incluso cuando camina o habla sobre cualquier tema que le interesa. Sin esta peculiaridad, su palidez sería un defecto. Con ella, la ausencia de cualquier color en su cutis, salvo el color fugitivo e incierto que he descrito, privaría a los ojos de algunos de cualquier pretensión de belleza. Y tal vez no sea una belleza —al menos, en la aceptación ordinaria del término.

The lower part of her face is rather too small for the upper, her figure is too slight, the sensitiveness of her nervous organization is too constantly visible in her actions and her looks.

She would not fix attention and admiration in a box at the opera; very few men passing her in the street would turn round to look after her; very few women would regard her with that slightingly attentive stare, that steady depreciating scrutiny, which a dashing decided beauty so often receives (and so often triumphs in receiving) from her personal inferiors among her own sex.

The greatest charms that my sister has on the surface, come from beneath it.

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