A mi llegada a North Villa, me condujeron a lo que supuse que era el salón.
Todo era abrumadoramente nuevo. La puerta de barniz brillante crujió con un estampido parecido al de una pistola al abrirse; el papel de las paredes, con su ostentoso diseño de pájaros, enrejados y flores en oro, rojo y verde sobre fondo blanco, apenas parecía seco todavía; las vistosas cortinas de la ventana, blancas y azul cielo, y la alfombra, aún más vistosa, en rojo y amarillo, daban la impresión de haber salido de la tienda ayer; la mesa redonda de palo de rosa se hallaba en un estado de pulido dolorosamente alto; los libros de láminas encubadernados en marroquí que reposaban sobre ella parecían no haber sido movidos ni abiertos jamás desde el momento de su compra; ni una sola hoja de la partitura en el piano tenía las esquinas dobladas ni estaba desgastada. Jamás una habitación ricamente amueblada resultó tan por completo desprovista de confort como esta; dolía la vista con solo mirarla a su alrededor.
No había reposo en ninguna parte. La estampa de la Reina, colgada solitaria en la pared, en su pesado marco dorado con una gran corona en lo alto, te fulminaba con la mirada: el papel tapiz, las cortinas, la alfombra te fulminaban con la mirada: los libros, las flores de cera bajo fanales de vidrio, las sillas con fundas de indiana chillona, los platos de porcelana en la puerta, los jarrones y tazas de cristal azul y rosa alineados en la chimenea, los aparadores sobrecargados de adornos con juguetes de Tonbridge y frascos de sales de cuello largo en sus repisas superiores: todo te fulminaba con la mirada.
No había aspecto de sombra, refugio, secreto ni retiro en ni un solo rincón de aquellas cuatro paredes chillonas.