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IV

mencionando la indulgencia con la que había tolerado su capricho de verme cuando fui a visitarla, y su paciencia mientras ella estuvo (según sus propias palabras) delirando al intentar hablar conmigo. Los médicos, sospechando cómo su conciencia intranquila lo estaba acusando, se abstuvieron con repugnancia de toda recriminación. Salvo cuando estaba en la habitación de su hija, todo el mundo en la casa lo evitaba.

Poco antes del mediodía, en el segundo día, la señora Sherwin se repuso un poco gracias a los estimulantes que se le administraron, y pidió ver a su esposo a solas. Tanto sus palabras como sus modales desmintieron la afirmación de él de que sus facultades estaban mermadas; todos sus asistentes notaron que, siempre que tenía fuerzas para hablar, sus discurso jamás se desviaba lo más mínimo.

Su esposo salió de la habitación más inquieto y malhumorado, más receloso y hosco que nunca ante las palabras y las miradas de quienes lo rodeaban; fue inmediatamente a buscar a su hija y la mandó sola al lecho de su madre.

A los pocos minutos, ella salió a toda prisa, pálida y violentamente agitada; y se le oyó decir que le habían hablado de un modo tan antinatural y tan espantoso, que no podía ni quería volver a entrar en esa habitación hasta que su madre estuviera mejor.

¡Mejor! El padre y la hija coincidían en eso; ambos coincidían en que ella no se estaba muriendo, sino simplemente había perdido la cabeza.

Durante la tarde, los médicos ordenaron que a la señora Sherwin no se le permitiera volver a ver a su esposo ni a su hijo sin el permiso de ellos. Había poca necesidad de tomar semejante precaución para preservar la tranquilidad de sus últimos momentos. A medida que el día

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