escrito. ¿Lo creía realmente él, o escribía como su cómplice? No valía la pena averiguarlo: el peor y más oscuro descubrimiento que me importaba hacer ya se había manifestado por sí solo: ¡era una mentira y una hipócrita hasta el final!
¡Y fue la más leve mirada de esta mujer la que en otro tiempo había sido para mí como la estrella hacia la que miraba mi vida!; ¡fue por esta mujer por quien había urdido un engaño a mi familia que ahora me repugnaba recordar; por quien había desafiado cuanto la ira de mi padre pudiera infligir; por quien había arriesgado alegremente la pérdida de todo lo que el nacimiento y la fortuna podían otorgar! ¿Por qué me habría levantado jamás de mi fatigoso lecho de enfermedad?; ¡habría sido mejor, mucho mejor, que hubiera muerto!
Pero, mientras quedaba vida, la vida tenía sus pruebas y sus fatigas, de las cuales era inútil huir. Todavía quedaba otra carta por abrir: aún había más maldad a la que debía saber cómo enfrentarme.
La segunda de las cartas del señor Sherwin era mucho más corta que la primera, y al parecer había sido escrita no más de un día o dos antes. Su tono había cambiado; ya no me adulaba, sino que empezaba a amenazar. Se me recordaba que el informe del criado declaraba que yo había estado convaleciente durante los últimos días, y se me preguntaba por qué, bajo tales circunstancias, ni siquiera había escrito. Se me advertía que mi silencio se había interpretado muy en mi desdicha; y que, si este continuaba por más tiempo, el remitente defendería la causa de su hija en voz alta y públicamente, no solo ante mi padre, sino ante todo el mundo. La carta terminaba concediéndome tres días más de gracia antes de que se hiciera la revelación más completa.
Por un momento, mi indignación pudo más que yo. Me levanté para ir en el acto a North Villa y desenmascarar a los infelices que aún creían que podían comerciar conmigo tan fácilmente como siempre.