¡Incluso la persona a la que le pagué por primera vez por mis artículos de primera necesidad cuestionó, por un momento, la legitimidad y la seguridad de aceptarlo!
Pero estas dudas se fueron extinguiendo poco a poco; esta curiosidad supersticiosa se desvaneció insensiblemente entre mis pobres vecinos.
Se acostumbraron a mi modo de existencia solitario, reflexivo y (para ellos) inexplicable. Uno o dos pequeños actos de bondad que brindé, poco después de mi llegada, a sus hijos, hicieron maravillas a mi favor; y ahora se me compadece más que se me desconfía.
Cuando las pescas son abundantes, a menudo me hacen un pequeño obsequio sacado de las redes.
Hace unas semanas, después de haber salido por la mañana, encontré a mi regreso dos o tres huevos de gaviota colocados en una cesta ante mi puerta. Los habían dejado allí los niños como adornos para la ventana de mi cabaña, los únicos adornos que tenían para dar, los únicos adornos de los que jamás habían oído hablar.
Ahora puedo salir sin llamar la atención, dirigiendo mis pasos por el barranco en el que se encuentra nuestra aldea, hacia la vieja iglesia de piedra gris que se alza solitaria en la cima de la colina, rodeada por el páramo solitario.
Si por casualidad algunos niños juegan entre las tumbas dispersas, no se sobresaltan ni huyen cuando me ven sentado en la piedra del atúd a la entrada del cementerio, o rondando la robusta torre de granito, levantada por manos que se convirtieron en polvo hace siglos.
Mi acercamiento ha dejado de ser un mal augurio para mis pequeños vecinos. Tan solo me miran un momento, con radiantes sonrisas, y luego continúan con su juego.