Pero la mujer del bosque se acercaba cada vez más, hasta que pude sentir su aliento caliente en mi rostro. Sus ojos miraron los míos, y los fascinaron, mientras extendía los brazos para abrazarme. Toqué su mano, y en un instante el contacto me recorrió como el fuego, de la cabeza a los pies.
Entonces, mirándome fijamente con sus ojos salvajes y brillantes, rodeó mi cuello con sus brazos flexibles y me arrastró con ella unos pasos hacia el bosque.
Sentí que los rayos de luz que me habían rozado desde la mano acogedora se apartaban; y una vez más miré hacia la mujer de las colinas.
Ascendía de nuevo hacia las nubes luminosas, y de vez en cuando se detenía y sevolvía, retorciéndose las manos y dejando caer la cabeza, como presa de un amargo dolor.
La última vez que la vi mirar hacia mí, estaba cerca de las nubes. Se cubrió el rostro con el manto y se arrodilló allí mismo. Tras esto, no logré divisarla más.
Pues ahora la mujer del bosque me abrazaba con más fuerza que antes, presionando sus cálidos labios contra los míos; y era como si su largo cabello cayera en torno a ambos, extendiéndose sobre mis ojos a modo de velo, para ocultar de ellos las hermosas cumbres y a la mujer que caminaba hacia las nubes brillantes de arriba.
Me dejé llevar en los brazos de la mujer oscura, con la sangre ardiente y el aliento fallándome, hasta adentrarnos en los recesos secretos que yacían entre las insondables profundidades de los árboles.