21 —¡Lo he descubierto todo! La verdad, que ayer tardé extrañamente en sospechar, se me ha impuesto hoy.
Salí esta mañana, según me había propuesto, para averiguar si mis vecinos realmente habían cambiado conmigo o no tras el intervalo de mis tres semanas de reclusión.
En la puerta de la cabaña más cercana a la mía, dos niños pequeños jugaban, a los que sabía que me había ganado poco después de mi llegada. Me acerqué para hablarles; pero, al aproximarme, su madre salió y me los arrebató con una expresión de ira y alarma. Antes de que pudiera interrogarla, los había metido dentro de la cabaña y había cerrado la puerta.
Casi al mismo tiempo, como por una señal concertada, otras tres o cuatro mujeres salieron de sus viviendas, situadas a poca distancia, me advirtieron en voz alta y enfadada que no me acercara a ellas ni a sus hijos, y desaparecieron cerrando sus puertas.
Aún sin sospechar la verdad, di media vuelta y caminé hacia la playa. El muchacho al que empleo para que me abastezca de provisiones estaba allí, recostado contra el costado de un viejo bote. Al verme, se sobresaltó y se alejó unos pasos; luego se detuvo y gritó:
“No he de traerte nada más; mi padre dice que no te volverá a vender, pagues lo que le pagues”.
Le pregunté al muchacho por qué su padre había dicho eso; pero echó a correr de vuelta hacia el pueblo sin responderme.
“Será mejor que nos dejes —murmuró una voz a mi espalda—. Si no te vas por tu propia voluntad, nuestra gente te matará de hambre en este lugar”.
El hombre que había dicho estas palabras había sido uno de los primeros en dar el ejemplo de amabilidad hacia mí tras mi llegada; y a él