dejando que la organización de los horarios dependiera de su propia conveniencia. Tras el número reglamentario de objeciones, accedió de mala gana a mi demanda. Yo no estaba atado a ningún compromiso de ninguna clase que limitara el número de mis visitas a Margaret; y le hice ver desde el principio que ahora me tocaba a mí imponerle condiciones, tal como él ya me las había impuesto a mí.
Por consiguiente, se acordó que Margaret y yo nos viéramos todos los días. Por lo general, la veía por la noche. Cuando se producía alguna alteración en la hora de mi visita, esa alteración obedecía a la necesidad (que todos reconocíamos por igual) de evitar un encuentro con cualquiera de los amigos del señor Sherwin.
Aquellas porciones del día o de la noche que pasaba con Margaret raras vez transcurrían por completo en la ociosidad elísea del amor.
No contento con enumerarme los logros escolares de su hija en nuestra primera entrevista, el señor Sherwin se refirió a ellos con jactancia una y otra vez, en muchas ocasiones posteriores; e incluso obligó a Margaret a desplegar ante mí algo de su conocimiento de lenguas, el cual nunca olvidaba recordarnos que había sido generosamente pagado de su propio bolsillo.
Fue en una de estas exhibiciones cuando se me ocurrió la idea de procurarme un nuevo placer a partir de la compañía de Margaret, enseñándole a apreciar y disfrutar de verdad la literatura que, hasta entonces, al parecer solo había estudiado como una tarea. Mi imaginación se deleitaba por anticipado con todos los encantos de una ocupación semejante. Sería como representar de nuevo la historia de Abelardo y Eloísa, reviviendo toda la poesía y el romanticismo con los que habían comenzado aquellos inmortales estudios de amor de antaño, pero sin la culpa y sin la miseria que habían ensombrecido su final.