comercial a la que fue totalmente incapaz de hacer frente y acabó en la bancarrota, no sin antes haberse asegurado deshonestamente un sustento vitalicio con los restos de su patrimonio. Supe de él por casualidad hace unos años, al enterarme de que mantenía entre los residentes ingleses del pueblo donde entonces vivía la reputación de ser un hombre que había sufrido inmerecidamente graves desgracias familiares y que sobrellevaba sus aflicciones con la más ejemplar piedad y resignación. > > A aquellos que en su día estuvieron vinculados a él y que ya no se encuentran entre nosotros, no necesito ni puedo volver a referirme. Esa parte del lúgubre pasado con la que se hallan asociados es aquella en la que todavía me aterra pensar. Hay dos nombres que mis labios no han pronunciado en años; que en esta vida no volveré a nombrar jamás. La noche de la Muerte se extiende sobre ellos: una noche a la que mirar de espaldas por siempre jamás. > > A la que mirar de espaldas... pero ¿hacia qué objeto? ¿El futuro? En esa dirección apenas vislumbro algo todavía. Es en el presente donde tengo fijados mis pensamientos, en la satisfacción que no ansía ningún cambio. > > Desde hace cinco meses vivo aquí con Clara; aquí, en la pequeña finca que un día perteneció a su madre y que ahora es suya. Mucho antes de la muerte de mi padre conversábamos a menudo, en la gran casa de campo, acerca de los días venideros que podríamos pasar juntos, tal como los pasamos ahora, en este lugar.
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Carta III
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