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VI. El Encuentro

todo el repertorio de juramentos británicos, puedo maldecir con fluidez en cinco idiomas extranjeros; siempre he considerado un principio devolver los insultos con intereses compuestos, y no exagero al decir que soy perfectamente capaz de hacerle perder el juicio a base de improperios, si persiste en darme el ejemplo. Y ahora, si le apetece continuar, hágalo por favor; estoy listo para escucharle. Mientras hablaba, me miró fijamente en un estado de desamparo y asombro; cuando terminé, volvió a fanfarronear, pero esta vez fue un fanfarroneo pomposo, digno, de tipo parlamentario, que terminó por sacar el infortunado certificado de matrimonio de usted del bolsillo, afirmando por quincuagésima vez que la muchacha era inocente y declarando que haría que usted la reconociera, aunque tuviera que presentarse ante un magistrado para lograrlo. Eso fue lo que dijo cuando lo vio usted,

“Sí: casi palabra por palabra.”

“Tenía mi respuesta preparada para él antes de que pudiera volver a guardarse el certificado en el bolsillo. ‘Ahora, señor Sherwin —le dije—, tenga la amabilidad de escucharme. Mi padre tiene ciertos prejuicios familiares y delicadezas nerviosas que yo no he heredado de él, y de las cuales pienso curarme en salud para evitar que usted las explote. Al mismo tiempo, le ruego que entienda que he venido aquí sin que él lo sepa. No soy el embajador de mi padre, sino el de mi hermano, que no sirve para tratar con usted por sí mismo, porque no tiene ni la mitad de la dureza de corazón ni la mitad del worldly* que se necesita. Como enviado de mi hermano, por lo tanto, y por consideración a los particulares sentimientos de mi padre, le ofrezco ahora, de mis propios recursos, una cierta suma anual de dinero, mucho más que suficiente para todos los

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