gritos agudos de los cientos y cientos de aves marinas que revoloteaban a mi alrededor, excepto cuando su vuelo pasaba inmediatamente por encima de mi cabeza. A cada lado del abismo, las rocas, aunque muy escarpadas, ofrecían un firme apoyo para manos y pies.
Al descenderlas, el mórbido anhelo de contemplar el peligro, que ha llevado a muchos hombres al borde mismo de un precipicio, aun sintiendo pavor por él, me condujo a avanzar tanto como me atreví hacia el borde del gran agujero y a mirar hacia su interior.
Poco podía ver de sus negros y brillantes muros interiores, o de los fragmentos de roca que aquí y allá sobresalían de ellos, coronados por manojos de algas largas y lacias que se mecían lentamente de un lado a otro en el espacio vacío; poco podía ver de estas cosas, pues la bruma del agua bramante en las profundidades invisibles de abajo ascendía casi sin cesar, como el humo, y salía disparada, silbando en nubes por la boca del abismo, hacia una enorme roca plana, cubierta de algas, que yacía debajo y frente a él.
La sola vista de aquel plano de granito liso y resbaladizo, que descendía en pendiente pronunciada directo hacia las fauces abiertas del abismo, me hizo dar vueltas la cabeza; el trueno del agua me aturdía y me dejaba sordo—me aleje mientras tuve fuerzas: lejos, unos treinta o cuarenta pasos en dirección lateral, hacia los bordes del promontorio que seasomaban al mar.
Aquí, las rocas volvían a alzarse en formas agrestes, formando cavernas naturales y cobertizos. Hacia una de estas avancé ahora, para guarecerse hasta que el cielo despejara.
Apenas había entrado en el lugar, cerca del borde del acantilado, cuando una mano se posó súbita y firmemente en mi brazo; y, por encima del estruendo de las olas abajo, del trueno del agua en el abismo