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III

La mañana que iba a decidirlo todo entre mi padre y yo, la mañana de cuyo acontecimiento pendía el porvenir de mi vida en el hogar, fue la más brillante y hermosa que mis ojos jamás contemplaron.

Un cielo sin nubes, un aire suave, una luz de sol tan alegre y deslumbrante que hasta los objetos más comunes se veían hermosos bajo su brillo, parecían burlarse de mí por tener el corazón apesadumbrado, mientras estaba de pie junto a mi ventana y pensaba en el duro deber que debía cumplir, en el juicio más duro aún que acaso se pronunciaría, antes de que despuntara otro día.

Durante la noche, no había ideado ningún plan para llevar a cabo la terrible revelación que ahora estaba obligado a hacer; la magnitud de la emergencia me privó de toda facultad para prepararme para ella. Pensé en el carácter de mi padre, en los innatos principios de honor que lo dominaban con la severa influencia de un fanatismo: pensé en su orgullo de casta, tan discreto, tan rara vez sugerido en palabras, y sin embargo tan firmemente arraigado en su naturaleza, tan intrincadamente entrelazado con cada una de sus emociones, sus aspiraciones, sus más simples sentimientos e ideas: pensé en su delicadeza casi femenina al rehuir la más mínima mención de impurezas que otros hombres podían discutir con despreocupación, o de las que podían reírse como de un buen material para una broma de sobremesa. Pensé en todo esto, y cuando recordé que era a un hombre así a quien debía confesar el infame matrimonio que había contraído en secreto, toda esperanza fundada en su afecto paternal me abandonó; toda idea de apelar a su generosidad caballeresca se convirtió en una ilusión en la que era una locura confiar ni por un solo momento.

Las facultades de observación suelen agudizarse en proporción directa a cómo se adormecen las facultades de reflexión bajo la influencia de una

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