amortiguado y monótono de los carruajes en la lejana calle, mientras que la melodía del órgano, convertida ahora en el compás alegre de una canción, resonaba clara y jovial por encima de ambos, e inundaba la estancia con tanta ligereza y felicidad como la propia luz del sol.
Durante unos minutos permanecimos separados, y ninguno de los dos se movió ni habló. Lo vi sacar su pañuelo y pasárselo por el rostro, respirando pesada y ruidosamente, y apoyándose en la librería una vez más.
Cuando retiró el pañuelo y volvió a mirarme, supe que el agudo dolor de la agonía había pasado, que la última y dura lucha entre su afecto paternal y su orgullo familiar había terminado, y que el gran abismo que desde entonces iba a separar al padre del hijo se había abierto por fin entre nosotros para siempre.
Me señaló imperiosamente que volviera a mi sitio anterior, pero no regresó a su propia silla. Mientras obedecía, le vi abrir con llave la puerta de la librería contra la cual había estado apoyado y poner la mano sobre uno de los libros del interior. Sin retirarla de su sitio, sin volverse ni mirarme, me preguntó si tenía algo más que decirle.
La escalofriante tranquilidad de su tono, la pregunta en sí misma y el momento en que la formuló, la represión antinatural de una sola palabra de reproche, de pasión o de dolor, tras una confesión como la que acababa de hacer, me dejaron sin habla. Se apartó un poco de la estantería —conservando todavía la mano sobre el libro que estaba dentro— y repitió la pregunta. Sus ojos, al encontrarse con los míos, tenían una mirada anhelante y cansada, como si desde hacía mucho estuvieran condenados a posarse en objetos lamentables y repugnantes; su expresión había perdido su refinamiento natural, su apacible sosiego, y había adoptado una calma dura y ceñuda, bajo la cual todo su rostro parecía haberse encogido y transformado —¡años de vejez parecieron caer sobre él desde que pronuncié las últimas y fatales palabras!