me volví ahora en busca de la explicación que nadie más quería darme.
—Ya sabes muy bien lo que queremos decir y por qué queremos que te vayas —fue su respuesta.
Le aseguré que no; y le rogué con tanta insistencia que me iluminara, que se detuvo cuando ya se iba alejando.
—Te lo contaré —dijo—; pero ahora no; no quiero que me vean contigo.
(Mientras hablaba, miró hacia atrás, hacia las mujeres, que aparecían una vez más frente a sus casitas.)
—Vuelve a casa y enciérrate; iré al anochecer.
Y vino como lo había prometido. Pero cuando le pedí que entrara en mi cabaña, se negó y dijo que hablaría conmigo afuera, junto a su ventana.
Esta reticencia a estar bajo mi techo me recordó que mis provisiones de comida habían sido dejadas, durante la última semana, en el alféizar de la ventana, en vez de ser traídas a mi habitación como de costumbre.
Había estado demasiado ocupado continuamente como para prestarle mucha atención a la circunstancia en ese momento; pero ahora me parecía muy extraño.
—¿Me vas a decir que no sospechas por qué queremos sacarte de nuestra casa? —dijo el hombre, mirándome con desconfianza a través de la ventana.
Repetí que no alcanzaba a imaginar por qué habían cambiado todos conmigo, ni qué mal creían que les había hecho.