que coincidirá conmigo en que ambas cartas deben imprimirse de forma tan literal como fueron copiadas por mi mano. > > Habiendo provisto ya lo necesario para la continuación de mi historia hasta el periodo de mi vuelta a casa, me quedan un par de cosas por decir respecto a la preparación de la autobiografía para la imprenta. Incapaz todavía hoy de armarme de valor para relevar mi manuscrito de nuevo, dejo las correcciones que requiera en manos ajenas —pero bajo una condición—. Que no se suavice ni se suprima ninguno de los pasajes en los que he relatado hechos o descrito caracteres. Conozco bien la tendencia de ciertos lectores a tildar la verdad misma de improbable, a menos que su propia experiencia personal les haya servido de testigo; y es precisamente por esto por lo que me mantengo firme en mi determinación de no ceder de antemano ante incredulidades anticipadas. Lo que he escrito es verdad; y saldrá al mundo como la verdad debe hacerlo: sin concesiones de ningún tipo. Corríjase mi estilo tan a fondo como se quiera; pero consérvense los caracteres y los sucesos tomados de realidades tan reales como son. > > En cuanto a las personas supervivientes con las que este relato me relaciona, poco tengo que decir que pueda importarle al lector. El hombre a quien he presentado en las páginas precedentes bajo el nombre de Sherwin creo que sigue con vida y continúa residiendo en Francia, adonde se retiró poco después de la fecha de los últimos acontecimientos mencionados en mi autobiografía. Su ayudante introdujo un nuevo sistema en su negocio que, al encontrarse abandonado a sus propios y escasos recursos, no supo sacar adelante. Sus asuntos se enredaron; sobrevino una crisis
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Carta III
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