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VIII

tentación de apartarlas de un golpe. Mientras todavía me la ocultaban⁠—mientras no podía volver a verla, aunque quisiera⁠—, me aparté de la vista del jardín y abandoné la plaza.

Entre todos los pensamientos que se agolpaban en mí, a medida que me alejaba más y más de las inmediaciones de lo que un día fue mi hogar; entre todos los recuerdos de hechos pasados —desde el primer día en que conocí a Margaret Sherwin hasta el día en que estuve junto a su tumba—, que venían a mi memoria con el solo hecho de abandonar Londres, surgió por primera vez en mi mente una duda que desde aquel día hasta este no me ha abandonado jamás: la duda de si Mannion no me estaría siguiendo en secreto a cada paso del camino.

Me detuve por instinto y miré hacia atrás. Muchas figuras se movían a lo distancia; pero la figura que había visto en el cementerio no se veía por ninguna parte entre ellas.

Un poco más adelante, volví a mirar atrás, y de nuevo con el mismo resultado. Después de esto, dejé pasar un intervalo más largo antes de detenerme; y entonces, por tercera vez, me giré y escudriñé la atareada escena callejera a mis espaldas, con ojos ávidos y recelosos.

A cierta distancia, en la acera de enfrente, divisé a un hombre que estaba quieto (como yo estaba quieto), en medio de la multitud en movimiento. Su estatura era similar a la de Mannion; y llevaba una capa como la capa que le había visto a Mannion cuando se me acercó junto a la tumba de Margaret. Más que esto no pude distinguir sin cruzar al otro lado. Los vehículos y peatones que pasaban interceptaban constantemente mi vista desde la posición en la que me encontraba.

¿Era esta figura, visible así solo a intervalos, la figura de Mannion? ¿Y estaba verdaderamente siguiendo mis pasos? A medida que la sospecha se fortalecía en mi mente de que así era, el recuerdo de su amenaza en el cementerio: «Puedes escudarte tras tu familia y tus amigos: ¡te heriré a

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