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IV

Me detuve con cansancio en los campos, en un lugar solitario, lejos del sendero. Me dolían los ojos por la luz del sol y me los cubrí con la mano. Exactamente en el mismo instante, el recuerdo perdido acudió a mi mente con tanta viveza que di un vuelco casi de terror. La letra que me había mostrado el criado en North Villa era la misma que la de aquella carta sin abrir y olvidada que llevaba en el bolsillo, la cual había recibido del criado de casa —recibida por la mañana, al cruzar el vestíbulo para entrar en la habitación de mi padre—.

Saqué la carta, la abrí con dedos temblorosos y busqué la firma entre las páginas apretadas y de escritura densa.

Era «Robert Mannion».

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