bruscamente. ¿Se acordaba de mí? La mera posibilidad de que así fuera me dio confianza: yo—
—¡No! No puedo poner por escrito las palabras que le dije. Al recordar el final al que condujo nuestra fatfatal entrevista, me retrae la sola idea de exponer ante otros, o de preservar de forma permanente, las palabras en las que confesé mi amor por primera vez. Puede ser orgullo —miserable e inútil orgullo— lo que me anima con este sentimiento; pero no puedo superarlo. Recordando lo que recuerdo, me avergüenza escribir, me avergüenza recordar lo que dije en mi primera entrevista con Margaret Sherwin. No puedo dar una buena razón de las sensaciones que ahora me dominan; no puedo analizarlas; y no lo haría aunque pudiera.
Baste decir que me lo jugué todo a una sola carta y le hablé. Mis palabras, por muy confusas que fueran, brotaron ardientes, impetuosas y elocuentes de mi corazón. En el espacio de unos pocos minutos, le confesé todo, y más aún de todo lo que aquí he relatado penosamente a lo largo de muchas páginas. Hice uso de mi nombre y de mi posición social —aun ahora me arden las mejillas al recordarlo— para deslumbrar su orgullo de muchacha, para obligarla a escucharme por mor de mi rango, ya que no por mor de mis pretensiones, por muy honorablemente que las expusiera. Jamás antes había cometido la bajeza de fiar a mis ventajas sociales aquello que temía fiar a mí mismo. Es verdad que el amor vuela más alto que las demás pasiones; pero también sabe descender más bajo.
Sus respuestas a todo lo que urgí fueron confusas, banales y bastante escalofriantes. La había tomado por sorpresa—la había asustado—era imposible que escuchara tales palabras de un perfecto desconocido—estaba muy mal de mi parte hablar, y de ella detenerse a escucharme—debía recordar lo que me correspondía como caballero, y no volver a hacerle tales ofrecimientos—no sabía nada de ella—era imposible que pudiera importarle de verdad en tan poco tiempo—suplicaba que le permitiera continuar sin impedimentos.