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I

Percibí en cada palabra que pronunciaba un señuelo artificioso para atraparme y hacerme confiar en él como en mi segundo padre, más que como en mi amigo. Oí en la tempestad sonidos que interrumpían misteriosamente, o se mezclaban con, mis respuestas, voces que me advertían sobrenaturalmente de mi enemigo, cada vez que le hablaba. Volví a ver la horrible sonrisa de triunfo en su rostro, al despedirme de él en el umbral de la puerta: y la vi, esta vez, no como una ilusión producida por un relámpago, sino como una espantosa realidad que el relámpago revelaba.

A veces, me encontraba de nuevo en el jardín de North Villa escuchando por casualidad la conversación entre Margaret y su madre⁠—escuchando qué engaño estaba dispuesta a cometer con tal de conseguir un vestido nuevo⁠—, y luego entraba en la habitación y la veía adoptar su actitud habitual al verme, como si las palabras que acababa de escuchar un instante antes nunca hubieran salido de sus labios. O bien la veía en aquella otra mañana en que, para vengar la muerte de su pájaro, habría matado con sus propias manos al único compañero entrañable que poseía su madre enferma. Ahora, ningún amor generoso y confiado me cegaba ante el verdadero significado de sucesos como estos. Ahora, en vez de considerarlos pequeñas debilidades de la belleza y pequeños errores de la juventud, los veía como avisos oportunos que me ordenaban recordar, cuando llegara el día de mi venganza, que al urdir la iniquidad en la que ambas estaban empeñadas, la mujer había sido tan vil como el hombre.

A veces, me hallaba de nuevo en camino hacia North Villa, tras mi ausencia de una semana en nuestra casa de campo. Volví a ver el cambio en Margaret desde que la había dejado: la palidez, la inquietud, el aspecto de agitación. Tomé la mano de Mannion y me estremecí al sentir su frío mortal, y observé la extraña alteración en sus modales. Cuando

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