—Muy bien —dijo mi padre sonriendo—; mi tarea en esta ocasión va a ser fácil. Fui interceptado, Basil, de camino a mi propia habitación por tu hermana, y traído aquí para aconsejar sobre un nuevo juego de librerías para ti, cuando debería haber estado atendiendo mis propios asuntos de dinero. La idea de Clara era haber hecho estas nuevas librerías en secreto y colocarlas como una sorpresa, algún día en que no estuvieras en casa. Sin embargo, como la has pillado en plena tarea de medir espacios, con toda la habilidad de un carpintero experimentado y toda la impetuosidad de una jovencita caprichosa que manda soberanamente sobre todo el mundo, seguir ocultándolo está fuera de lugar. Debemos hacer de tripas corazón, y confesar todo.
¡Pobre Clara! Esta fue su única recompensa por diez días de total abandono, y había tenido medio miedo de decírmelo ella misma. Me acerqué y se lo agradecí; no con mucha gratitud, mucho me temo, pues me sentía demasiado confuso para hablar con soltura. Parecía una fatalidad. Cuanto más mal hacía en secreto, mal a los lazos familiares y a los principios familiares, más bien se me devolvía inconscientemente por mi familia, a través de las manos de mi hermana.
—No puse ninguna objeción, por supuesto, al plan de la librería —continuó mi padre—. Hace falta realmente más espacio para los volúmenes y más volúmenes que has ido reuniendo a tu alrededor; pero sin duda sugerí un poco de demora en la ejecución del proyecto. De todos modos, las librerías no harán falta aquí en los próximos cinco meses. De hoy en ocho días regresaremos al campo.
No pude reprimir un sobresalto de asombro y consternación. Aquí se presentaba una dificultad con la que debí haber contado; pero en la que, de manera de todo punto inexplicable, no había pensado ni una sola vez, a pesar de ser ahora la época del año en la que en todas las ocasiones anteriores habíamos solido marchar de Londres.