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Diario

La impresión de aquella visión debió de paralizar en mi interior la facultad de recordar lo que le siguió; pues no puedo recordar nada, tras contemplar la vacuidad de la roca de abajo, salvo que me agaché en la repisa bajo mis pies para evitar caerme de ella, que hubo un intervalo de olvido y que pareció como si despertara de nuevo ante el estruendo del agua en el abismo. Cuando me levanté y miré a mi alrededor, el cielo hacia el mar era hermoso en su claridad; la espuma de las olas saltarinas brillaba gloriosamente a la luz del sol, y todo lo que quedaba de la niebla era una gran nube de sombra purpúrea, suspendida a lo lejos sobre todo el panorama del interior.

Seguí mis pasos de regreso a lo largo del promontorio, con debilidad y lentitud. Mi debilidad era tal que me temblaba hasta el último miembro. Una extraña incertidumbre sobre cómo guiarme en las acciones más sencillas se apoderó de mi mente.

A veces me detenía en seco, dudando a pesar mío ante los más leves obstáculos en mi camino. A veces me confundía sin motivo alguno acerca de la dirección en la que avanzaba, e imaginaba que volvía al pueblo pescador.

El espectáculo del que había sido testigo parecía estar afectándome en lo físico mucho más que en lo mental. Mientras arrastraba mi fatigado andar por la costa, persistía el mismo vacío doloroso en mis pensamientos: parecía que aún no tenían la capacidad de asimilar la espantosa muerte de Mannion.

Para cuando llegué a esta aldea, mis fuerzas estaban tan totalmente agotadas, que la gente de la posada se vio obligada a ayudarme a subir las escaleras. Incluso ahora, tras unas horas de descanso, el mero esfuerzo de mojar la pluma en el tintero empieza a serme penoso y difícil. Siento un extrañísimo aleteo en el corazón; mis recuerdos vuelven a nublarse⁠—no puedo escribir más.

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