“Probablemente no le sorprenda oír que me llamó la atención la extrema belleza de la señorita Sherwin. La impresión que me causó fue algo más, sin embargo, que un mero sentimiento pasajero de admiración. Hablando con franqueza, sentí... ¿Ha oído hablar alguna vez del amor a primera vista, señor Sherwin?”.
—En los libros, señor. —Dio unos toquecitos en uno de los volúmenes encuadernados en tafilete que había sobre la mesa y sonrió, con una sonrisa extraña, en parte deferente y en parte sarcástica.
“Estaría usted inclinado a reír, me atrevo a decir, si le pidiera que creyera que existe tal cosa como el amor a primera vista, fuera de los libros. Pero, sin detenerme más en eso, es mi deber confesarle, con toda franqueza y honestidad, que la impresión que la señorita Sherwin causó en mí fue tal que me hizo desear el privilegio de llegar a conocerla. En pocas palabras, descubrí su lugar de residencia siguiéndola hasta esta casa”.
“¡Por mi alma que este es el procedimiento más extraordinario—!”
—Le ruego que me escuche, señor Sherwin: creo que no condenará mi conducta si oye todo lo que tengo que decir.
Murmuró algo ininteligible; su tez se tornó más amarillenta; dejó caer mi tarjeta, que para entonces ya había hecho añicos; y se pasó la mano rápidamente por el pelo hasta estirárselo como un cobertizo sobre la frente, parpadeando todo el tiempo y mirándome con una expresión sombría y siniestra en el rostro. Vi que era inútil tratarle como habría tratado a un caballero. Evidentemente, había interpretado de la forma más mezquina y vil mi delicadeza y vacilación al hablarle; así que cambié de plan y fui directamente al grano —«a los negocios», como él lo habría llamado—.