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XI

visita! Harías mejor en dejarme discutir el asunto a solas; siempre has estorbo para los negocios, y en mi opinión siempre lo

Mrs. Sherwin se dispuso, sin una palabra de protesta, a abandonar la habitación. Lo sentí sinceramente por ella; pero no pude decir nada.

En un impulso del momento, me levanté para abrirle la puerta; y me arrepentí inmediatamente de haberlo hecho. El gesto aumentó tanto su desconcierto que tropezó con una silla y soltó una exclamación de dolor reprimida al salir.

Mr. Sherwin se sirvió una segunda copa de vino, sin prestar la más mínima atención a esto.

—Espero que la señora Sherwin no se haya hecho daño —dije.

—¡Dios mío, no! no vale la pena ni pensarlo; torpeza y nerviosismo, nada más; siempre ha sido nerviosa; los médicos (todos unos farsantes) no pueden hacer nada por ella; es muy triste, muy triste de verdad; pero no hay remedio.

Para entonces (a pesar de todos mis esfuerzos por conservar cierto respeto hacia él, como padre de Margaret) había caído al lugar que le correspondía en mi opinión.

—Bien, mi querido señor —prosiguió—, volviendo a donde me interrumpió la señora S. A ver: decía que mi querida muchacha estaba un poco confundida, etcétera. Como es natural, le expuse todas las ventajas que un enlace como el suyo prometía y, al mismo tiempo, mencioné algunas de las pequeñas circunstancias embarazosas —el matrimonio secreto, ya sabe, y todo eso—, además de hablarle de ciertas restricciones respecto a la boda, de llegar a celebrarse, que consideraría mi deber como padre imponer; y que pasaré, en resumen, a explicarle. Como hombre de

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