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II. El primer cambio

impasible? ¿O alguna pasión feroz, algún dolor terrible, había arrasado la vida en su interior, dejándola muerta para siempre jamás? ¡Imposible conjeturar! Ahí estaba el rostro impenetrable ante uno, totalmente inexpresivo⁠—tan inexpresivo que ni siquiera parecía ausente⁠—, un misterio en el que los ojos y la mente podían detenerse⁠—ocultando algo; pero si vicio o virtud, no sabríais decirlo.

Vestía de la manera más discreta posible, enteramente de negro; y era más bien alto.

Su comportamiento era lo único en él que delataba algo a la observación de los demás. Visto en relación con su condición, su talante (por muy discreto que fuera) revelaba estar por encima de su posición en el mundo.

Poseía toda la tranquilidad y el aplomo de un caballero. Mantenía su actitud respetuosa, sin la menor apariencia de servilismo; y demostraba una firmeza, tanto en la palabra como en la acción, que jamás podría confundirse con terquedad o exceso de confianza.

Antes de haber estado en su compañía cinco minutos, sus modales me aseguraron que había tenido que descender hasta la posición que ahora ocupaba.

Al serme presentado, hizo una reverencia sin decir nada.

Cuando le habló al señor Sherwin, su voz carecía tanto de expresión como su rostro: era de tono más bien bajo, pero de una dicción singularmente nítida. Hablaba con pausada deliberación, sin poner énfasis en palabras determinadas y sin vacilar al elegir los términos.

Cuando la señora Sherwin bajó, observé su conducta hacia él. No pudo reprimir un leve estremecimiento nervioso cuando él se acercó y le colocó una silla. Al responder a sus preguntas sobre su salud, no lo miró

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