—Muy bien. Esta noche o mañana por la mañana me pondré en contacto con Sherwin y averiguaré si le ha puesto las manos encima. Si no lo ha hecho, debemos ir al hospital y ver qué podemos descubrir por nuestra cuenta.
No pongas esa cara de infeliz y desanimado, Basil, iré contigo: no hace falta que la vuelvas a ver, ni al hombre tampoco; pero debes venir conmigo, pues tal vez tenga que echar mano de ti. Y ahora, me marcho por hoy, en serio. Debo volver con la señora Ralph (por desgracia resulta ser una de las mujeres más sensibles del mundo), o mandará ponerme un anuncio en los periódicos. ¡Saliremos de esta, querido amigo, ya verás cómo sí!
A propósito, ¿no sabrás de alguna casita independiente por el barrio de Brompton? La mayoría de mis viejos amigos del teatro viven por allí... ¡una casa independiente, eh! El caso es que últimamente me ha dado por el violín (¿qué será lo siguiente que me dé por hacer?); la señora Ralph me acompaña al pianoforte; y podríamos resultar una molestia insoportable para los vecinos más cercanos, ¡eso es todo!
¿No sabes de ninguna casa? No importa; puedo acudir a una agencia, o algo por el estilo. Clara sabrá esta noche que nos mudamos con buena estrella, si es que logro despistar a la criatura más digna del mundo: es un poco tozuda pero, te lo aseguro, una mujer realmente superior. ¡Pensar que he caído hasta tocar el violín y pagar alquiler e impuestos en un chalet suburbano! ¡Cómo han caído los hombres libertinos! ¡Adiós, Basil, adiós!