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IV. El carácter y la conducta de Margaret

Por la época de mi presentación al señor Mannion⁠—o, para hablar con mayor propiedad, tanto antes como después de dicho período⁠—certains peculiaridades en el carácter y la conducta de Margaret, que llegaron a mi conocimiento por pura casualidad, me causaron cierta inquietud e incluso un poco de desagrado. Ninguno de estos sentimientos duró demasiado, es verdad; pues los incidentes que los originaron eran de naturaleza trivial en sí mismos. Sin embargo, mientras ahora escribo, todos estos sucesos domésticos están vívidamente presentes en mi recuerdo. Mencionaré dos de ellos como ejemplos. Acontecimientos posteriores, aún por relatar, demostrarán que no están fuera de lugar en esta parte de mi narración.

Una hermosa mañana de otoño, llamé a la puerta de North Villa un poco antes de la hora acordada. Mientras el criado abría la verja del jardín delantero, se me ocurrió la idea de darle a Margaret una sorpresa, entrando en el salón de forma imprevista, con un ramo de flores cortadas para ella de su propio arriate. Tras indicarle al criado que no anunciara mi llegada, di la vuelta hacia el jardín trasero por una cancela que daba a este por un lateral de la casa. Mi labor de recolección de flores me llevó hasta el césped bajo una de las ventanas del salón, que estaba un poco abierta. Las voces de mi esposa y su madre me llegaron desde la estancia. Fue esta parte de su conversación la que sin pretenderlo escuché:⁠—

—Te digo, mamá, que tengo y quiero tener el vestido, le plazca o no a papá.

Esto se dijo en voz alta y con resolución; en unos tonos que nunca antes le había escuchado a Margaret.

—Te lo ruego, te lo ruego, hija mía, no hables así —contestó la débil y vacilante voz de la señora Sherwin—; bien sabes que ya has gastado más

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