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I

nosotros⁠—sus voces delirantes resonando como los martillos de mil forjas. Aún más y más adelante; más y más rápido, durante días, años, siglos juntos, hasta que llega, avanzando sigilosa para nuestro encuentro, una sombra⁠—una sombra vasta, furtiva, deslizante⁠—, ¡la primera oscuridad que jamás se ha proyectado sobre ese mundo de luz fulgurante! Se acerca⁠—más y más cerca, suavemente, hasta que toca las primeras filas de nuestra tropa fantasma. Entonces, en un instante, nuestro vertiginoso avance se detiene: la música atronadora de nuestra marcha salvaje cesa; las voces delirantes de los espectros que nos anteceden se apagan; un horror de mudez absoluta nos rodea por completo⁠—y a medida que la sombra avanza sigilosa, hasta que nos envuelve de principio a fin, tiritamos de frío glacial bajo el aire ígneo y en medio de los lúgubres pilares de lava que nos cercan a uno y otro lado.

Un silencio, como ningún silencio conocido jamás en la tierra; un oscurecimiento de la sombra, más negro que la noche más negra en el bosque más espeso⁠—una pausa⁠—; luego, un sonido como de aire pesado que es hendido; y después, la aparición de dos figuras que salían de la sombra⁠—dos monstruos que extendían sus nudosas garras amarillas para apresarnos; dejando a su paso una podredumbre verde, que rezumaba y brillaba con una luz enfermiza. Más allá y a mi alrededor, mientras permanecía en medio de ellos, la tropa fantasmal se desvanecía en masas informes, mientras los monstruos avanzaban. Se acercaron a mí; y yo solo, de entre todos los miríadas que me rodeaban, no cambié ante su aproximación. Cada uno posó una garra en mi hombro⁠—cada uno levantó un velo que era una red espantosa de gusanos entrelazados. Vi a través de la horrenda corrupción de sus rostros la mirada que me decía quiénes eran⁠—las monstruosas iniquidades encarnadas en formas monstruosas; las almas demoníacas hechas visibles en siluetas demoníacas⁠—¡Margaret y Mannion!

¡Un momento más! y me quedé a solas con aquellos dos. Ni un solo rastro de la multitud fantasma quedó; la altísima ciudad, los relucientes pasillos, el fulgor brillante como el fuego se habían desvanecido.

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