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III

Le di las gracias, pero no con la efusión que habría empleado de haber visto la más leve sonrisa en su rostro, o de haber percibido algún cambio en su tono firme y pausado al hablar. Aunque sus palabras me atraían, su semblante inmutable me repelía a pesar mío.

“Debo suplicarle de nuevo —prosiguió— que recuerde lo que ya he dicho al juzgar los motivos de mi oferta. Si todavía parezco inmiscuirme oficiosamente en sus asuntos, no tiene más que pensar que he presumido impertinentemente de la libertad que me ha concedido, y no tratarme ya bajo los términos de esta noche. No me quejaré de su conducta, y me esforzaré mucho por no considerarla injusta conmigo si lo hace”.

Un ruego como este no se podía rechazar: le respondí al instante y sin reservas. ¿Qué derecho tenía yo a sacar malas conclusiones del rostro, la voz y los modales de un hombre, simplemente porque me habían impresionado como fuera de lo común? ¿Acaso sabía cuánta parte podía haber tenido la influencia de una debilidad natural, o las huellas externas de un dolor y un sufrimiento desconocidos, en la producción de aquellas peculiaridades exteriores que me habían llamado la atención? Tendría todo el derecho del mundo a reprocharme mi injusticia —y en los términos más enérgicos— a menos que yo le respondiera con absoluta franqueza.

—Soy totalmente incapaz, señor Mannion —dije—, de ver su oferta con otros sentimientos que no sean de gratitud. Ya verá cómo le demuestro esto al valerme de sus buenos oficios para Margaret y para mí con absoluta lealtad, y antes quizá de lo que se imagina.

Él hizo una reverencia y pronunció unas pocas palabras cordiales, que oí de manera imperfecta⁠—pues, al dirigirme a él, una ráfaga de viento más furiosa que de costumbre irrumpió por la calle, sacudiendo violentamente la persiana de la ventana al pasar y desvaneciéndose en un oleaje bajo, melancólico y fúnebre, semejante al grito espectral de la lamentación y la desesperación.

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