que era una señora de cuna y una desconocida a la que estaba besando); y las lágrimas salieron por fin y le hicieron bien. Tan pronto como pudo hablar, dio gracias a Dios porque su hermano había sido encontrado y había caído en buenas manos. No tuvo valor para leer ella misma la carta del médico y me pidió que lo hiciera yo. Aunque él daba una pésima impresión del joven, decía que el cuidado y la atención, y sacarlo de un lugar extraño para llevarlo a su propio hogar y entre los suyos, aún podían hacer maravillas por él. Cuando llegué a esta parte de la carta, ella se incorporó de un salto y me pidió que se la diera. Luego preguntó cuándo volvería a Cornualles; y yo le dije: «lo antes posible» (porque de verdad que ya es hora de que esté en casa, William). «¡Espera; por favor, espera hasta que le haya enseñado esta carta a mi padre!», dijo. Y salió corriendo de la habitación con ella en la mano. > > Al cabo de un rato, regresó con el rostro totalmente sonrojado; parecía muy distinta a como estaba antes, y decía que yo había hecho más para hacer feliz a la familia al venir con esa carta de lo que ella jamás podría agradecerme como es debido. Un caballero la siguió al entrar, que era su hermano mayor (según dijo); el caballero más agradable y alegre que he visto en mi vida. Me dio la mano como si me hubiera conocido de toda la vida y me dijo que yo era la primera persona con la que se había cruzado que había hecho el bien en una familia al traerles malas noticias. Luego me preguntó si estaba lista para ir a Cornualles a la mañana siguiente con él, la joven y un amigo suyo que era médico. Yo ya había pensado en terminar la despedida con la pobre Susan ese mismo día, así que dije: «Sí». Después de eso, no me dejaron marchar hasta que hube comido y bebido algo;
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Carta II
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