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VIII

Su estatura era alta; su cabello negro fluía en libertad; su túnica era del color oscuro del vapor y la brisa que pendían sobre los árboles, y caía hasta sus pies en pliegues oscuros y espesos. Se acercó a mí con rapidez y suavidad, cruzando el suelo como las sombras de las nubes sobre el trigal maduro o el agua serena.

Miré hacia el otro lado, hacia las colinas; y había otra mujer que descendía de sus cumbres luminosas; y su túnica era blanca, pura y reluciente. Su rostro estaba iluminado con una luz, semejante a la luz de la luna de cosecha; y sus pasos, al descender las colinas, dejaban una larga estela de brillo, que centelleaba muy a sus espaldas, como la estela de las estrellas cuando la noche de invierno es clara y fría. Llegó al lugar donde las colinas y la llanura se unían. Entonces se detuvo, y supe que me estaba observando desde

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