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Diario

Pero, primero, como comienzo adecuado para el Diario que ahora me propongo llevar, déjenme revelar brevemente aquí algo de la vida que llevo en mi retiro en la costa de Cornualles.

El pueblo de pescadores en el que he escrito las páginas precedentes se encuentra en la costa meridional de Cornualles, a pocas millas de Land’s End. La cabaña que habito está construida de granito tosco, con techo de paja burdo, y consta de tan solo dos habitaciones. No poseo más muebles que mi cama, mi mesa y mi silla; y media docena de pescadores y sus familias son mis únicos vecinos. Pero no siento ni la falta de lujos ni la falta de compañía: todo lo que deseaba al venir aquí lo tengo: el aislamiento más absoluto.

Mi llegada produjo, al principio, tanto asombro como sospecha. Los pescadores de Cornualles conservan todavía casi todas las supersticiones, incluso las más burdas, que sus humildes antepasados estimaban hacía siglos. Mis sencillos vecinos no podían comprender por qué no tenía ninguna ocupación que me distrajera; no podían conciliar mi rostro demacrado y melancólico con mis años juveniles. Una soledad como la mía parecía antinatural, especialmente para las mujeres. Me interrogaron con curiosidad; y la absoluta simplicidad de mi respuesta, diciendo que solo había venido a Cornualles para vivir en paz y recuperar la salud, los desconcertó de nuevo. Esperaron, día tras día, cuando me instalé por primera vez en la cabaña, para ver si me enviaban cartas, y no llegaba ninguna carta; para ver si mis amigos se reunían conmigo, y no venía ningún amigo. Esto profundizó el misterio ante sus ojos. Empezaron a evocar viejas leyendas de Cornualles sobre gentes solitarias y secretas que habían vivido, años y años atrás, en ciertas partes del condado; viniendo, nadie sabía de dónde; existiendo, nadie sabía por qué medios; muriendo y desapareciendo, nadie sabía cuándo. Se sentían casi inclinados a identificarme con estos misteriosos visitantes, a considerarme como algún ser ajeno a toda la familia humana, que había venido a consumirse bajo una maldición y a morir de forma ominosa y secreta entre ellos.

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