A la mañana siguiente, Ralph nunca apareció; pasó el día y no supe nada; al fin, cuando ya era de noche, llegó una carta suya.
La carta me informaba de que mi hermano le había escrito al señor Sherwin, limitándose a preguntarle si había recuperado a su hija.
La respuesta a esta pregunta no llegó hasta última hora del día, y fue negativa: el señor Sherwin no había encontrado a su hija. Ella se había marchado del hospital antes de que él llegara, y nadie supo decirle adónde había ido.
Su lenguaje y sus maneras, según él mismo admitió, habían sido tan violentos que no se le permitió entrar en la sala donde yacía Mannion. Cuando regresó a casa, halló a su esposa al borde de la muerte; y esa misma tarde ella expiró.
Ralph describió la carta como la de un hombre medio fuera de sí. Solo mencionó a su hija para declarar, en términos casi de furia, que la acusaría ante los parientes supervivientes de su esposa de haber sido la causa de la muerte de su madre; y lanzó sobre su propia cabeza las más terribles maldiciones si volvía a dirigirle la palabra a su hija, aunque la viese perecer de hambre ante él en las calles.
En una posdata, Ralph me informaba de que iría a verme a la mañana siguiente para acordar medidas con el fin de dar con el paradero actual de la hija de Sherwin.
Cada frase de esta carta llevaba la advertencia de la crisis que ahora era inminente; sin embargo, yo tenía tan poca voluntad como poder para prepararme para ella.