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VI

después de todo, resultaba menos ofensiva que el castigo habitual de su cordialidad, con su infalible acompañamiento de historias sosas y chistes más sosos aún.

Durante la primavera y el verano, la señora Sherwin pareció debilitarse cada vez más debido a su mala salud constante. De vez en cuando, sus palabras y acciones —especialmente en su trato conmigo— hacían temer que su mente, al igual que su cuerpo, comenzara a desmoronarse. Por ejemplo, en cierta ocasión, cuando Margaret había salido de la habitación por uno o dos minutos, ella se me acercó con prisa repentina y me susurró con mirada ávida y tono de ansiedad: «Cuida a tu esposa, ¡acuérdate de cuidarla y aleja de ella a toda la mala gente! Yo he intentado hacerlo; ¡acuérdate de hacerlo tú también!». Le pedí inmediatamente una explicación sobre este insólito mandato, pero ella se limitó a responder balbuciendo algo acerca de las preocupaciones de una madre, para luego regresar apresuradamente a su sitio. Fue imposible lograr que se explayara más, por mucho que lo intenté.

Margaret me causó una o dos veces mucha perplejidad y angustia, debido a ciertas incoherencias y variaciones en su actitud, que comenzaron a manifestarse poco después de mi regreso a North Villa desde el campo. En ocasiones se volvía, de repente, extrañamente hosca y silenciosa; en otras, irritable y caprichosa. Luego, de nuevo, cambiaba abruptamente hacia el más afectuoso calor de palabras y comportamiento, anticipándose con ansiedad a cualquier deseo que pudiera formur, mostrando con entusiasmo su gratitud por las más mínimas atenciones que le prestaba. Estas inexplicables alteraciones de conducta me mortificaban e irritaban de manera indescriptible. Amaba a Margaret demasiado como para poder contemplar con filosofía las imperfecciones de su carácter; no

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