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III

láminas para mirar, como muestra de que ambos estábamos perdonados!

Luego, también, estaba el alto y anticuado armario ropero de caoba ante la ventana, con el mismo gran infolio ilustrado sobre antigüedades judías encima, que, hace muchísimos años, a Clara y a mí a veces se nos permitía mirar, como un premio especial, los domingos por la tarde; y que siempre examinábamos y reexaminábamos con deleite interminable, de pie sobre dos sillas para alcanzar las hojas gruesas de aspecto amarillento y pasarlas con nuestras propias manos.

Y allí, en el hueco entre dos librerías, todavía se erigía el antiguo escritorio, con sus filas de pequeños cajones incrustados; y en la repisa situada encima, el viejo reloj francés, que en otro tiempo había pertenecido a mi madre, y que siempre daba las horas con tanta dulzura y alegría. Era en aquella mesa donde Ralph y yo siempre nos despedíamos de mi padre, cuando volvíamos al colegio después de las vacaciones, y donde recibíamos nuestra asignación para gastos, que se nos daba de uno de los diminutos cajones incrustados, justo antes de emprender la marcha. Cerca de aquel lugar también, Clara —que entonces era una niña sonrosada— solía esperar con seriedad y ansiedad, con su muñeca en brazos, para decirnos adiós por última vez, y suplicarnos que volviéramos pronto y que luego no nos fuéramos nunca más.

Me volví y miré bruscamente hacia la ventana; pues tales recuerdos como la habitación sugería eran más de lo que podía soportar.

Afuera, en la desolada franja de jardín, los pocos árboles marchitos y oscuros susurraban ahora con tanta placidez en el aire, como si la brisa que los movía viniera serena sobre un prado abierto, o barriera con frescura bajo sus ramas desde la superficie ondulante de un arroyo. Distante, pero aún bien audible, el poderoso murmullo de una gran vía pública —la gran voz del mediodía de Londres— crecía grandiosa y

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