en su casa. Nunca volvió a referirse a la conversación de aquella noche cuando ahora nos veíamos.
El comportamiento de Margaret, cuando le mencioné la disposición del señor Mannion a sernos útil a ambos, aumentó más bien que disminuyó las vagas incertidumbres que me desconcertaban en cuanto a aceptar o rechazar sus propuestas.
No pude inducirla a mostrar el menor interés por él. Ni su casa, ni su aspecto personal, ni sus extraños hábitos, ni su hermetismo en relación con su juventud —nada, en suma, relacionado con él— parecía excitar su atención o su curiosidad en lo más mínimo. En la tarde de su regreso del continente, ella sin duda había mostrado ciertos síntomas de interés por su llegada a North Villa, y cierta muestra de atención hacia él cuando se unió a nuestro grupo. Ahora, parecía completa e incomprensiblemente cambiada en este aspecto. Su actitud se volvía casi petulante si yo insistía demasiado en hacer del señor Mannion un tema de conversación; era como si le molestara que él compartiera mis pensamientos con ella en lo más mínimo. En cuanto a la difícil cuestión de si debíamos ganárnoslo para nuestros intereses o no, ese era un asunto que ella siempre parecía considerar demasiado trivial como para ser discutido entre nosotros en absoluto.
Sin embargo, al poco tiempo, las circunstancias determinaron el rumbo que debía tomar con respecto al señor Mannion.
Un rico amigo comerciante del señor Sherwin ofreció un baile, al que este anunció su intención de llevar a Margaret. > Aparte de los celos que sentía —de forma bastante natural, en mi peculiar situación— ante la idea de que mi mujer saliera como la señorita Sherwin, y bailara con el papel de joven soltera con cualquier joven que se le presentara, tenía también el mayor deseo posible