inspirado—atormentando mi corazón, cansando mis pensamientos, antes incluso de hable hablado, como si el peligroso descubrimiento de nuestro matrimonio estuviera ya próximo! He pensado desde entonces cuán antinatural habría considerado esto, si lo hubiera leído en un libro.)
¿Cómo podría sofocar mejor el deseo de verla, de hablarle, al día siguiente? ¿Debía marcharme de Londres, de Inglaterra, huir de la tentación, sin importar adónde ni a qué precio? ¿O debía refugiarme en mis libros —los viejos, tranquilos e inmutables amigos de las horas de mi primer hogar—? ¿Tendría la resolución suficiente como para consumirme el corazón con un estudio arduo, serio y esclavizador? Si me marchaba de Londres al día siguiente, ¿podría sentir la seguridad, en mi propia conciencia, de que no regresaría al día siguiente?
Mientras, a lo largo de las horas de la noche, me esforzaba en vano por deliberar con calma conmigo mismo; jamás acudió a mi mente el vil pensamiento que a otros hombres, en mi posición, se les habría podido ocurrir:
- ¿Para qué casarse con la muchacha porque la amo?
- ¿Por qué, con mi dinero, mi posición, mis oportunidades, unir obstinadamente el amor y el matrimonio en una sola idea; y crear un dilema y un peligro donde no es necesario que existan?
De haberme cruzado por la mente un pensamiento semejante, ni que fuera de la forma más tenue y fantasmal, me habría apartado de él, me habría apartado de mí mismo, con horror.
Cualesquiera que sean las nuevas degradaciones que aún me aguarden, este único y consolador recuerdo santificador seguirá siendo mío. Mi amor por Margaret Sherwin era digno de ser ofrecido a la mujer más pura y perfecta que Dios jamás haya creado.