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I

la más implícita confianza; escuché su mandato abrupto e inexplicable de «velar continuamente por mi esposa y apartar a la mala gente de su lado». Todas estas diversas circunstancias volvieron a producirse con tanta viveza como en la realidad; pero ya no las interpretaba, como lo había hecho en su día, convenciéndome de que la mente de la señora Sherwin divagaba y de que sus sufrimientos corporales habían afectado a su intelecto. Comprendí de inmediato que sospechaba de Mannion y no osaba confesar abiertamente sus sospechas; vi que, en la quietud, el abandono y la concentración en sí misma de su vida postergada, ella había estado observando con más vigilancia de lo que otros lo habían hecho; detecté en cada uno de sus despreciados gestos, miradas y palabras vacilantes la misma advertencia velada que siempre yacía bajo la superficie; supe que no habían logrado engañarla; estaba decidido a que no lograran engañarme a mí.

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