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V. Mannion

¡Hogar! Un querido y luctuoso recuerdo se revivió en las reflexiones sugeridas por esa simple palabra. A través de la oscuridad que se espesaba en mi mente, pasó ahora un débil rayo de luz que prometía la mañana: la luz del rostro sereno que yo había contemplado por última vez cuando reposaba sobre el pecho de mi padre.

¡Clara! Mis últimas palabras para ella, cuando hube desatado de mi cuello aquellos cariñosos brazos que habrían querido retenerme en el hogar para siempre, habían expresado una promesa que aún no se había cumplido.

Temblaba al pensar ahora en la situación de mi hermana. Sin saber hacia dónde había dirigido mis pasos al abandonar el hogar; incierto sobre a qué extremos podría precipitarme mi desesperación; absolutamente ignorante incluso de si volvería a verme jamás, era terrible reflexionar sobre la zozobra que podría estar padeciendo, en este mismo instante, por mi culpa.

Mi promesa de escribirle era, de todas las promesas, la de mayor importancia vital y la primera que debía cumplir.

Mi carta era muy breve. Le comuniqué la dirección de la casa en la que vivía (sabiendo muy bien que nada más que una información precisa sobre este punto aliviaría eficazmente su ansiedad)—le pedí que escribiera una respuesta y me diera noticias suyas, las mejores que pudiera darme—, y le supliqué que creyera ciegamente en mi paciencia y valor ante cualquier desastre; y que tuviera la seguridad de que, pasara lo que pasara, nunca perdería la esperanza de volver a verla pronto. De los peligros que me acechaban, de la injusticia y el daño que aún podría verme condenado a soportar, no dije nada. ¡Eran verdades que estaba decidido a ocultarle, hasta el final. Ya había sufrido por me más de lo que me atrevía a pensar!

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