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V. Clara

superiores en belleza, en talentos, en brillantez de modales y de conversación; conquistando sin más arma que el encanto puramente femenino de todo cuanto decía y todo cuanto hacía.

Pero no era en medio de la alegría y la suntuosidad de una temporada en Londres donde su carácter se desplegaba con mayor ventaja. Era cuando vivía donde amaba vivir, en la antigua casa de campo, entre los viejos amigos y los viejos sirvientes de los cuales cada uno de ellos habría muerto mil muertes por ella, donde mejor se la podía estudiar y amar.

Entonces, el encanto que residía en la mera presencia de aquella joven inglesa amable, bondadosa y feliz, capaz de interesarse por los asuntos de todos y de agradecer el cariño de todos, desplegaba su mejor y más radiante influencia.

En los pícnics, fiestas campestres, pequeñas reuniones pueblerinas de toda índole, ella era, con su característico estilo tranquilo y natural, la constante artífice del bienestar general y de la amistad general. Hasta las estrictas normas del pundonor provinciano se relajaban ante su alegría desprovista de afectación y su irresistible bondad. Siempre se ingeniaba —nadie supo nunca cómo— para arrastrar a la gente más formal a olvidarse de sus formalidades y volverse natural por el resto del día.

Hasta un hacendado palurdo, torpe y silencioso de provincias no era demasiado para ella. Se ingeniaba para hacerlo sentir a gusto cuando nadie más se atrevía con la tarea; sabía escuchar pacientemente sus confusas peroratas sobre perros, caballos y el estado de las cosechas, mientras en torno a ellos se desarrollaban otras conversaciones que le interesaban de verdad; y sabía aceptar cualquier pequeña muestra de agradecimiento que él quisiera dispensarle —por torpe o inoportuna que fuera— tal como aceptaba las atenciones de cualquier otro, con un talante que demostraba considerarlo un favor concedido a su sexo, y no un derecho otorgado a este.

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