Era morena. Su cabello, sus ojos y su tez eran más oscuros de lo habitual en las mujeres inglesas. La forma, el aspecto general de su rostro, junto con lo que alcanzaba a ver de su figura, me hicieron calcular su edad en unos veinte años.
Ya se adivinaba una apariencia de madurez en las líneas de sus facciones; pero su expresión seguía siendo aniñada, sin formar, inestable.
El fuego de sus grandes ojos oscuros, cuando hablaba, era latente. El languidecimiento de estos cuando callaba —ese languidecer voluptuoso de los ojos negros— resultaba aún esquivo e inconstante.
La sonrisa en sus labios carnosos (a otros ojos, tal vez les habrían parecido demasiado carnosos) luchaba por ser elocuente, aunque no se atrevía.
En las mujeres, siempre parece quedar algo incompleto —una creación moral que debe sobreponerse a la física— que solo el amor puede desarrollar, y que la maternidad perfecciona aún más, una vez desarrollada.
Pensé, al mirarla, en cómo el color pasajero se fijaría con brillo en su mejilla redonda y aceitunada; ¡en cómo la expresión que aún dudaba en declararse acabaría por manifestarse, por resplandecer en todo el esplendor de su belleza, cuando oyera las primeras palabras, recibiera el primer beso, del hombre al que amara!
Mientras aún la miraba, sentada enfrente y hablando con su compañero, nuestros ojos se encontraron. Fue solo por un momento, pero la sensación de un momento a menudo conforma el pensamiento de toda una vida; y ese único e insignificante instante creó la nueva vida de mi corazón. Bajó el velo de nuevo inmediatamente; sus labios se movieron involuntariamente mientras lo descendía: creí distinguir, a través del encaje, que aquel leve movimiento maduraba en una sonrisa.