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XII

y de los hombres medio borrachos resonando un instante a mis espaldas, para perderse luego en la distancia⁠—; esto era, en verdad, ocupar, apresurar, aniquilar las lentas horas de soledad en el día de mi boda, exactamente como mi corazón lo deseaba!

Llegué a casa calado hasta los huesos, pero con el cuerpo encendido por el ejercicio, con el ánimo hirviendo a temperatura de fiebre.

Cuando llegué a North Villa, el cambio en mis maneras asombró a todos.

En la cena, ya no necesité insistencias para probar el jerez que al señor Sherwin le gustaba tanto ensalzar, ni el oporto que sacó después, con una explicación preliminar sobre el año de la cosecha del vino y el precio de cada botella.

Mi ánimo, por ficticio que fuera, nunca decayó. Cada vez que miraba a Margaret, su visión lo estimulaba de nuevo. Parecía preocupada y estuvo desacostumbradamente callada durante la cena; pero su belleza era justamente esa belleza voluptuosa que resulta más encantadora en el reposo. Nunca había sentido su influencia tan poderosa sobre mí como la sentí entonces.

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