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VI. El Encuentro

funcionaba en la escuela y no lo hará ahora. Le pediré dinero a mi padre para mí, y usaré tanto como crea conveniente para tus intereses. Él me dará todo lo que quiera, ahora que me he vuelto un chico bueno. No debo cincuenta libras, desde que se pagaron mis últimas deudas, gracias a la señora Ralph, que es la mujer más apañadora del mundo. A propósito, cuando la veas, no te sorprendas de que sea mayor que yo. ¡Ah! esta es la dirección, ¿verdad? ¿Hollyoake Square? ¡Dónde diablos queda eso! No importa, tomaré un taxi y le trasladaré la responsabilidad de encontrar el lugar al conductor. ¡Ánimo y espera aquí hasta que vuelva! ¡Tendrás noticias del señor tendero y su hija como jamás imaginas! Au revoir, querido amigo, au revoir”.

Salió de la habitación con la misma rapidez con la que había entrado. Al minuto siguiente, recordé que debía haberle advertido sobre la enfermedad mortal de la señora Sherwin. Podría estar muriéndose —muerta por lo que yo sabía— cuando él llegara a la casa. Corrí hacia la ventana para llamarlo de vuelta: era demasiado tarde. Ralph se había ido.

Aun cuando fuera admitido en North Villa, ¿tendría éxito? Yo era poco capaz de calcular las probabilidades. Lo inesperado de su visita; la extraña mezcla de simpatía y ligereza en sus maneras, de sabiduría mundana y necedad juvenil en su conversación, parecían seguir confundiéndome en su ausencia, tal como me habían confundido en su presencia. Mis pensamientos se alejaron imperceptiblemente de Ralph, y de la misión que había emprendido en mi nombre, hacia un tema que parecía destinado, en el futuro, a acaparar mi atención, de manera irresistible y sombría, en todas mis horas de soledad.

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