Todos los objetos circundantes parecían de un modo alarmante próximos a la vista; mucho más próximos de lo que en realidad estaban. La habitación le habría provocado dolor de cabeza a un hombre nervioso antes de haber estado en ella un cuarto de hora.
No me hicieron esperar mucho. Otro crujido violento en la puerta nueva anunció la entrada del mismísimo señor Sherwin.
Era un hombre alto y delgado: algo encorvado; débil de rodillas, e intentando disimular esa debilidad con la anchura de sus pantalones. Llevaba una corbata blanca y un cuello de camisa absurdamente alto.
Su tez era cetrina; sus ojos eran pequeños, negros, brillantes y se movían incesantemente; de hecho, todos sus rasgos eran singularmente móviles: se veían afectados por contracciones nerviosas y espasmos que contraían y estiraban constantemente en todas direcciones la frente, la boca y los músculos de las mejillas.
Su cabello había sido negro, pero ahora tornaba a una especie de gris acero; era muy seco, áspero y abundante, y una parte de él sobresalía casi horizontalmente sobre su frente. Tenía la costumbre de estirarlo en esa dirección, peinándoselo con los dedos de vez en cuando, con gesto irritado. Sus labios eran finos y descoloridos, y las arrugas a su alrededor eran numerosas y muy marcadas.
De haberlo visto en circunstancias ordinarias, lo habría catalogado como un hombre mezquino; un pequeño tirano a su manera con quienes dependían de él; un parásito pomposo con los que estaban por encima de él; un gran defensor de las respetabilidades convencionales de la vida y un firme creyente en su propia infalibilidad. Pero era el padre de Margaret; y yo estaba decidido a que me cayera bien.
Me hizo una reverencia baja y bastante servil; luego miró hacia la ventana y, al ver el carruaje que me esperaba en su puerta, hizo otra