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XI

con el vino; y se sirvió, en este momento, otra copa.

—Ya verá a dónde quiero ir a parar, querido caballero, enseguida —continuó.

—Supongamos ahora que usted cortejara a mi hija durante un año, tal como acordamos; y supongamos que su padre se enterase —por supuesto, lo mantendríamos en riguroso secreto, pero aun así, los secretos a veces se descubren, nadie sabe cómo—. Supongamos, digo yo, que su padre le siguiera la pista al asunto y el compromiso se rompiera; ¿dónde cree que quedaría la reputación de Margaret? Si ocurriera con alguien de su propia posición, podríamos explicarlo todo y nos creerían; pero al ocurrir con alguien de la suya, ¿qué diría el mundo? ¿Creería el mundo que usted alguna vez tuvo la intención de casarse con ella? Ese es el quid de la cuestión, ese es el quid exacto.

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